Loquillo, el último clásico: una noche de rock, memoria y sentimientos en Granada
El rockero catalán clausuró la sexta edición de 1001 Músicas – CaixaBank con un concierto en el Palacio de los Deportes donde las guitarras, los grandes himnos y la complicidad con el público fueron los únicos protagonistas
Hay artistas que tienen canciones y artistas que tienen historia. Loquillo pertenece a esa estirpe de músicos que han convertido su trayectoria en parte de la memoria sentimental de varias generaciones. El rockero catalán regresó este sábado a Granada con su gira Corazones legendarios para poner el broche final a la sexta edición de 1001 Músicas – CaixaBank. Y lo hizo como siempre ha entendido el rock: sin artificios, sin concesiones a las modas y con esa mezcla de elegancia, rebeldía y descaro que lo ha convertido en uno de los últimos grandes clásicos de la música española.
El Palacio de los Deportes no registró un lleno absoluto. Tampoco hizo falta para que se respirara una atmósfera especial. Un público mayoritariamente adulto, de esos que han crecido con sus canciones y que llevan décadas acompañándolo, se entregó desde los primeros acordes. Había ganas de reencontrarse con El Loco, de volver a cantar aquellos himnos que sobrevivieron a los años y de comprobar que el rock de toda la vida todavía tiene mucho que decir.
La puesta en escena fue toda una declaración de principios. Ni pantallas gigantes de vídeo, ni espectaculares montajes audiovisuales, ni efectos destinados a distraer la mirada. Solo un escenario sobrio, los instrumentos, las luces necesarias y una banda que no necesitaba nada más para llenar de música el recinto. En una época en la que muchos conciertos parecen competir por el despliegue tecnológico, Loquillo reivindicó la esencia del espectáculo en directo: músicos tocando y canciones capaces de sostenerse por sí mismas.
Y no una banda cualquiera. Como recordó en varias ocasiones el propio cantante, lo que había sobre el escenario era una banda de rock español. De las de verdad. Con guitarras afiladas, una base rítmica contundente y ese sonido de garaje que sigue siendo una de las señas de identidad del artista.
Una banda que no necesita pantallas para brillar
Las guitarras de Igor Paskual y Josu García, el bajo del granadino Alfonso Alcalá y la batería de Laurent Castagnet pusieron en marcha la maquinaria con En las calles de Madrid, aquel clásico de 1984 escrito por Sabino Méndez que conserva intacto el espíritu de una época irrepetible. Desde el primer momento quedó claro que la noche no sería un simple ejercicio de nostalgia, sino un recorrido por una carrera construida a golpe de canciones y kilómetros de carretera.
De los ochenta se pasó a Línea Clara, de 2008, anticipando un repertorio que alternaría grandes éxitos con composiciones menos populares, pero igualmente representativas de su universo musical. Más adelante se incorporó Germán San Martín a los teclados para acompañar la interpretación de El hombre de negro, la adaptación del clásico Man in Black de Johnny Cash, uno de esos artistas con los que Loquillo comparte una determinada manera de entender la música y la vida.
El sonido fue poderoso, directo y reconocible. Rock de guitarras, sin maquillaje, ejecutado por músicos que conocen perfectamente su oficio. Cada entrada, cada cambio de instrumento y cada solo respondían a una maquinaria perfectamente coordinada, pero sin perder esa sensación de autenticidad que distingue a las grandes bandas en directo.
Loquillo, lejos de acaparar todo el protagonismo, dejó espacio para que sus compañeros brillaran. Josu García se lució especialmente en El Rompeolas, con uno de los solos de guitarra más celebrados de la noche, mientras Igor Paskual dejó su sello en Memoria de jóvenes airados. El granadino Alfonso Alcalá sostuvo desde el bajo una parte esencial de ese sonido robusto que acompañó al cantante durante toda la actuación.
El Loco también tiene corazón
A sus casi cinco décadas de trayectoria, José María Sanz continúa siendo un personaje irrepetible sobre el escenario. Su figura espigada, el cabello plateado, los gestos desafiantes, los pasos de baile y esa elegancia chulesca que siempre lo ha acompañado siguen formando parte de una identidad que nunca ha necesitado reinventarse.
Pero en Granada apareció también una faceta especialmente cercana. El propio Loquillo reconoció que estaba viviendo una noche sentimental y que había hablado más de la cuenta. Una confesión que contrastaba con esa imagen de tipo duro que ha cultivado durante tantos años y que revelaba la emoción de un artista consciente de todo lo vivido.
Porque detrás de la pose, del traje y de la mirada desafiante también hay memoria. Y buena parte de esa memoria estaba aquella noche frente a él, en las gradas y en la pista del Palacio de los Deportes.
El último clásico pareció adquirir entonces un significado especial. No era únicamente una canción más del repertorio, sino casi una definición del personaje. Loquillo pertenece a una generación de músicos que hicieron del rock una forma de estar en el mundo, cuando las canciones se escuchaban en discos, las guitarras marcaban el camino y los conciertos eran un lugar de encuentro entre quienes compartían una misma manera de sentir.
Cuando las canciones dejan de pertenecer al artista
El concierto fue creciendo a medida que aparecían los grandes himnos. Con Rock and Roll Star, el Palacio de los Deportes se convirtió en un coro de voces que parecían conocer cada palabra desde hacía décadas. No era para menos. Aquella canción, que forma parte de la historia del rock español, sigue conservando la misma capacidad para despertar emociones que cuando comenzó a sonar tantos años atrás.
El Rompeolas volvió a demostrar que hay composiciones que envejecen mejor que muchas de las modas que han venido después. Carne para Linda recuperó el espíritu más callejero y provocador del repertorio, mientras que Rey del glam desató uno de los momentos más festivos de la noche, con el público completamente entregado.
Fue entonces cuando se hizo especialmente evidente la conexión entre el cantante y sus seguidores. Muchos de los presentes habían acompañado a Loquillo desde los tiempos de Los Trogloditas. Otros se incorporaron a su música después. Pero todos parecían compartir una certeza: aquellas canciones también contaban una parte de sus propias vidas.
Y ahí reside buena parte de la grandeza del rock clásico. No necesita explicar demasiado. Basta con que suene una guitarra y aparezca una melodía conocida para que los recuerdos hagan el resto.
El rugido del garaje y un Cadillac para despedirse
La recta final fue una sucesión de emociones y decibelios. La mataré, El ritmo del garaje y Feo, fuerte y formal devolvieron al recinto ese sonido crudo y desafiante que ha acompañado al músico durante buena parte de su carrera.
Fue el rock de garaje en estado puro, sin pantallas que mirar ni artificios que interpretar. Solo el golpe de la batería, el rugido de las guitarras y miles de recuerdos compartidos.
Y cuando llegó Cadillac solitario, el tiempo pareció detenerse. Era el desenlace esperado, pero no por ello menos emocionante. Uno de esos himnos que han trascendido a su autor y que siguen funcionando como una despedida perfecta. El público acompañó la canción hasta el último acorde y respondió con una prolongada ovación.
Con aquel Cadillac se marchaba también la sexta edición de 1001 Músicas – CaixaBank, un ciclo que desde julio había llevado a Granada diferentes propuestas musicales y que encontró en Loquillo un cierre cargado de personalidad.
El Palacio de los Deportes no se llenó, pero quienes estuvieron allí asistieron a algo que no se mide únicamente por el número de entradas vendidas. Una banda extraordinaria, un repertorio que forma parte de la historia de la música española y un artista que, por una noche, dejó entrever que detrás del personaje también late un corazón sentimental.
El Loco se despidió de Granada sin necesidad de fuegos artificiales, pantallas gigantes ni trucos de escenario. Con su banda, sus canciones y su inconfundible manera de mirar al público.
Feo, fuerte y formal. Y, sobre todo, el último clásico.
El concurso literario de la Diputación de Granada ha recibido cartas manuscritas de España, Europa y América y concederá a la ganadora un premio de 3.500 euros
La producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Lucas Escobedo, galardonada con el Premio Max 2025, recupera el espíritu festivo del Barroco en una propuesta que combina entretenimiento y crítica social










