Un estudio de la Universidad de Granada cuestiona que las hienas sean las únicas responsables de los cilindros óseos fósiles
La investigación, publicada en International Journal of Osteoarchaeology, analiza más de 200 yacimientos y demuestra que otros carnívoros y procesos naturales también pueden generar estas estructuras
Una investigación de la Universidad de Granada (UGR) ha cuestionado la interpretación tradicional sobre el origen de los cilindros óseos, unas estructuras habituales en yacimientos arqueológicos y paleontológicos que hasta ahora se habían relacionado principalmente con la actividad de las hienas.
El estudio, publicado en la revista científica International Journal of Osteoarchaeology, demuestra que otros animales, como lobos, felinos, osos y mustélidos, también pueden producir estas piezas, al igual que determinados procesos naturales que afectan a los restos después de su enterramiento.
El trabajo ha sido desarrollado por Darío Herranz Rodrigo, investigador del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la UGR, en el marco de las actividades del Proyecto ORCE-UGR y del grupo de investigación CUATE.
Para alcanzar estas conclusiones, el investigador ha recopilado y revisado información procedente de más de 200 yacimientos y niveles geológicos de distintas épocas y contextos, con el objetivo de identificar los agentes responsables de la formación de estas estructuras y mejorar la interpretación del registro fósil.
Qué son los cilindros óseos y por qué son importantes
Los cilindros óseos son fragmentos de huesos largos que han perdido sus extremos articulares, denominados epífisis, pero conservan la parte central o diáfisis y la estructura del canal medular.
Estas piezas aparecen con frecuencia en yacimientos prehistóricos y su presencia puede aportar información sobre los animales que intervinieron en la acumulación de restos, sus hábitos alimenticios y las condiciones en las que se formaron los depósitos fósiles.
La estructura de los huesos largos explica, en parte, cómo se originan estos fragmentos. Mientras que las epífisis son más porosas y pueden ser consumidas mediante la masticación por determinados carnívoros, las diáfisis presentan una mayor densidad y resistencia.
En su interior se encuentra el tuétano o médula amarilla, rico en grasas y de gran valor nutritivo para los animales consumidores de carne.
El estudio también recoge evidencias de yacimientos paleolíticos que plantean que los seres humanos pudieron aprovechar las epífisis mediante técnicas como el hervido.
Hienas, lobos y felinos pueden producir estructuras similares
La revisión confirma que los carnívoros capaces de triturar huesos, especialmente las hienas, son los principales responsables de la formación de cilindros óseos.
Sin embargo, los resultados muestran que no son los únicos animales capaces de generarlos.
En el caso de los huesos pertenecientes a animales de más de 1.000 kilogramos, las evidencias analizadas únicamente han permitido relacionar la formación de cilindros con la actividad de los hiénidos.
Además, esta práctica aparece estadísticamente más asociada a especies con comportamientos solitarios y acumuladores, como la hiena rayada (Hyaena hyaena) y la hiena parda (Parahyaena brunnea).
Por el contrario, los lobos, felinos, osos y mustélidos también pueden generar estas estructuras, especialmente cuando actúan sobre restos de presas pequeñas y medianas.
En especies como leones, tigres, pumas y osos, buena parte de los ejemplos documentados se relaciona con situaciones de estrés o cautividad, una circunstancia que los investigadores consideran importante a la hora de interpretar los resultados de estudios realizados con animales encerrados.
Una nueva perspectiva para estudiar los yacimientos prehistóricos
Una de las principales conclusiones de la investigación es que los cilindros óseos constituyen un ejemplo de lo que científicamente se conoce como equifinalidad: la posibilidad de que diferentes procesos o agentes produzcan resultados similares.
Esto significa que encontrar un cilindro óseo en un yacimiento no permite atribuir automáticamente su formación a una hiena, sino que deben analizarse otros factores, como el tamaño del animal al que pertenecía el hueso, las características del entorno y las condiciones de acumulación de los restos.
Darío Herranz Rodrigo destaca que estas estructuras deben interpretarse teniendo en cuenta la intervención de diferentes agentes y procesos, en lugar de considerarlas una prueba exclusiva de la actividad de un determinado carnívoro.
Esta perspectiva puede ayudar a los especialistas a reconstruir con mayor precisión cómo se formaron las acumulaciones de huesos y qué animales participaron en ellas.
La investigación desarrollada en la Universidad de Granada aporta así nuevos criterios para el análisis tafonómico, la disciplina que estudia los procesos que experimentan los restos orgánicos desde la muerte de un organismo hasta su conservación y descubrimiento en el registro fósil.










