Un estudio genético revela una Hispania romana más diversa y conectada con el Mediterráneo

El análisis de 243 genomas antiguos de 31 yacimientos arqueológicos demuestra que la Península Ibérica recibió población del norte de África, el Mediterráneo oriental y Europa central

Redacción  |  22 de octubre de 2026
(UGR)
(UGR)

La población de la Península Ibérica experimentó importantes transformaciones genéticas entre los siglos II y VIII, impulsadas por la expansión del Imperio romano y las posteriores migraciones germánicas. Sin embargo, estos movimientos no supusieron una sustitución generalizada de la población local, sino un proceso complejo de movilidad, mezcla e integración entre comunidades de diferentes procedencias.

Así lo revela un estudio internacional publicado en la revista científica Cell, basado en el análisis de 243 genomas humanos inéditos procedentes de 31 yacimientos arqueológicos. La investigación reconstruye con un nivel de detalle sin precedentes los cambios demográficos de la época romana y la Antigüedad tardía, y muestra una Hispania más diversa y conectada con otras regiones de lo que se conocía hasta ahora.

 

El trabajo está codirigido por investigadores de la Universidad del País Vasco, el Institut de Biologia Evolutiva de Barcelona, la Universidad de Harvard y el Instituto Max Planck. En él ha participado la Universidad de Granada (UGR), a través de Juan Manuel Jiménez Arenas, Macarena Bustamante Álvarez y Elena Vallejo Casas, del Departamento de Prehistoria y Arqueología.

Una península conectada con África y el Mediterráneo

El análisis genómico identifica una importante llegada de personas procedentes del norte de África y del Mediterráneo oriental durante los siglos II al IV, en época romana. Estos movimientos incrementaron la diversidad genética de la población peninsular y evidencian la intensidad de los contactos entre ambas orillas del Mediterráneo.

Entre los siglos V y VIII, las migraciones germánicas incorporaron nuevos componentes genéticos vinculados al centro y norte de Europa. Pese a ello, los resultados muestran una notable continuidad genética entre las poblaciones hispanorromanas y las comunidades de la Antigüedad tardía.

Para Juan Manuel Jiménez Arenas, los datos cuestionan la idea del Estrecho de Gibraltar como una barrera para la movilidad humana. El investigador destaca que, durante la época romana, las dos orillas estuvieron genéticamente más próximas que nunca y que el sur peninsular formaba parte de las grandes rutas mediterráneas.

Esta perspectiva sitúa a Hispania como un territorio de intercambio y acogida, conectado con distintas regiones y atravesado por procesos de integración que no pueden explicarse únicamente a través de las conquistas políticas o los cambios culturales.

Dos hermanos enterrados a 725 kilómetros de distancia

Uno de los hallazgos más extraordinarios del estudio es la identificación de dos hermanos biológicos de primer grado, un hombre y una mujer adultos, enterrados a unos 725 kilómetros de distancia.

El hombre fue sepultado en la necrópolis de Los Blanes, en Mérida, mientras que su hermana fue enterrada en Hostalot-Ildum, en Vilanova d'Alcolea (Castellón), junto a la Vía Augusta.

En ambos yacimientos se encontraron también pasadores de oro de tradición póntico-danubiana, asociados a las élites germánicas y centroeuropeas de la época.

Según la investigación, esta separación constituye la mayor distancia geográfica documentada hasta ahora entre familiares de primer grado en el registro mundial de ADN antiguo. El hallazgo ofrece una prueba excepcional de la movilidad de las personas durante el periodo de las migraciones y pone de relieve la importancia de las antiguas vías de comunicación romanas, que continuaron articulando el territorio siglos después de la expansión imperial.

La necrópolis de Colomera revela tres generaciones de una misma familia

La participación de la Universidad de Granada adquiere especial relevancia en el análisis de la necrópolis del Cortijo del Chopo, en Colomera, a partir de restos conservados en el Museo Arqueológico y Etnológico de Granada.

Los investigadores obtuvieron información genética de nueve individuos, todos ellos mujeres. Los resultados permitieron reconstruir vínculos familiares e identificar tres generaciones consecutivas de una misma línea de parentesco.

Elena Vallejo Casas destaca que este yacimiento permite profundizar en las relaciones familiares y sociales de las comunidades que habitaron el sur peninsular durante los siglos VI y VII.

Los análisis identificaron representantes de tres generaciones directas —abuela, madre e hija— y una posible prima de la segunda. Las cuatro mujeres estaban distribuidas en tres tumbas diferentes. Además, los resultados revelaron que algunas compartían enterramiento con personas sin parentesco genético conocido, mientras que otras mujeres emparentadas descansaban junto a individuos con los que no compartían genes.

Estos datos apuntan a una organización social compleja, en la que las relaciones familiares y los vínculos comunitarios no dependían exclusivamente de la consanguinidad.

En cuanto a la procedencia genética, la mayoría de las mujeres estudiadas presenta una marcada continuidad hispanorromana. Una de ellas, de corta edad, muestra una ascendencia mixta vinculada a Europa central, el ámbito púnico y el Mediterráneo oriental.

Mérida y las élites germánicas del siglo V

Otro de los enclaves fundamentales de la investigación es el yacimiento del Corralón de Los Blanes, situado en la antigua Augusta Emerita, actual Mérida. Allí se analizaron 30 individuos de época romana, sueva y postsueva, lo que permitió identificar ascendencia del centro y norte de Europa entre las élites gobernantes.

Entre los hallazgos destaca la secuenciación del ADN de tres mujeres jóvenes pertenecientes a un grupo de nueve mujeres enterradas con ajuares de oro y plata de tradición póntico-danubiana, vinculados a los acontecimientos políticos relacionados con la expansión sueva y visigoda durante el siglo V.

La presencia de adolescentes y preadolescentes enterradas junto a adultos resulta especialmente llamativa para los investigadores, ya que la disposición de los restos podría corresponder a una cohorte protectora.

El contexto histórico añade otra dimensión al hallazgo. En el año 448, tras la muerte del rey suevo Requila, su hijo Requiario asumió el trono, lo que provocó el rechazo de parte de la aristocracia sueva y una rebelión que terminó siendo sofocada.

Los investigadores plantean como hipótesis que la muerte de las nueve mujeres pudiera estar relacionada con aquellos acontecimientos políticos, aunque esta posible conexión no constituye una conclusión definitiva del estudio.

Macarena Bustamante Álvarez señala que el análisis de las necrópolis permite relacionar los objetos arqueológicos y las inscripciones históricas con perfiles genéticos concretos. De este modo, los investigadores pueden reconstruir mejor cómo los grupos de procedencia germánica o mediterránea se integraron progresivamente con la población hispanorromana sin provocar su desaparición.

Un impacto demográfico menor que en otras regiones europeas

El estudio también compara los cambios genéticos registrados en Hispania con los de otros territorios europeos tras la caída del Imperio romano de Occidente.

Mientras que en Gran Bretaña las migraciones anglosajonas llegaron a representar un reemplazo poblacional de hasta el 75 %, en la Península Ibérica el impacto genético atribuido a la llegada de grupos germánicos fue más moderado: entre el 12 % y el 22 %, dependiendo de la región y del contexto social.

Esta diferencia respalda la conclusión de que las migraciones germánicas en Hispania estuvieron acompañadas de procesos de integración con las comunidades locales, en lugar de producir una sustitución generalizada de sus habitantes.

Los resultados apuntan a una importante continuidad biológica y cultural de la población hispanorromana, sobre la que se configuró la sociedad hispanogoda anterior a la llegada islámica del año 711.

En conjunto, la investigación amplía el conocimiento sobre la historia demográfica de la Península Ibérica y demuestra el potencial del ADN antiguo para reconstruir desplazamientos humanos, relaciones familiares y procesos de integración que no siempre pueden identificarse únicamente a través de los restos materiales.

 
 
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